La ansiedad de los padres ante el impacto de las redes sociales en la salud mental infantil ha empujado a gobiernos e institutos a imponer prohibiciones drásticas. Sin embargo, la evidencia psicológica y tecnológica demuestra que el camino más seguro no pasa por apagar internet, sino por enseñar a navegar en él.
El debate sobre cómo proteger a la infancia en la era de los algoritmos y la inteligencia artificial se ha polarizado. Ante el miedo al ciberacoso, la adicción a las pantallas o el acceso a contenidos extremos, la respuesta más instintiva de las familias y las instituciones ha sido la prohibición. Leyes de control parental severo en Estados Unidos, vetos a redes sociales para menores de 16 años en Australia o la prohibición de móviles en los institutos son ejemplos de esta tendencia.



