Hubo un tiempo en que las redes sociales servían para algo tan sencillo como saber qué hacían nuestros amigos. En ellas nos reencontrábamos con antiguos compañeros de colegio, veíamos las fotografías de unas vacaciones familiares, felicitábamos un cumpleaños o manteníamos una conversación con personas que nos interesaban. La propuesta de valor estaba en el llamado social graph: tú elegías a quién seguir y la plataforma te mostraba lo que esas personas publicaban.
Aquella promesa ha desaparecido. No por accidente, ni porque los usuarios se hayan vuelto aburridos, sino porque conectar personas resultó ser un negocio mucho menos rentable que manipular su atención. Las plataformas sustituyeron progresivamente el grafo social por el algoritmo de recomendación: dejaron de enseñarnos lo que habíamos pedido ver y comenzaron a imponernos aquello que, según sus cálculos, podía mantenernos más tiempo mirando una pantalla.



