La adicción silenciosa: por qué las mujeres en Chile y América Latina tardan una década más en pedir ayuda

Valeria bebía sola. Siempre sola. Compraba el vino en el supermercado de un barrio distinto al suyo, pagaba en efectivo y escondía las botellas antes de que sus hijos llegaran. Lo hacía desde las nueve de la mañana cuando se quedaba sola en casa. Se convenció durante años de que lo tenía bajo control porque llegaba al colegio a buscar a sus hijos, porque cocinaba, porque nadie lo sabía.

Tardó siete años en pedir ayuda.

Hoy tiene 41 años, está en tratamiento y no usa su apellido cuando habla de esto. El estigma, dice, no desaparece cuando dejas de beber.

«Lo peor no fue perder a mis hijos por un tiempo. Fue que todo el mundo pensó que era una mala madre antes de preguntarse si era una enferma. Un hombre que bebe tiene un problema. Una mujer que bebe es una irresponsable. Eso me hizo tardar siete años».

Su historia no es una excepción. Es el patrón documentado en decenas de estudios clínicos.

Una enfermedad construida sobre la vergüenza

Las mujeres desarrollan dependencia más rápido que los hombres con menores cantidades de alcohol, debido a diferencias en composición corporal, metabolismo hepático y sensibilidad de los receptores GABA. La ciencia llama a esto telescoping: la compresión del trayecto entre inicio del uso y dependencia clínica. La sociedad no le pone nombre porque prefiere no mirarlo.

Cuando la dependencia se hace visible, el juicio opera en dos niveles simultáneos. Una mujer con alcoholismo no enfrenta solo el estigma de la adicción. Carga además con el de haber fallado como madre, como pareja, como mujer. En una cultura donde ella es quien cuida y quien no puede fallar, tener una dependencia es fallar dos veces. Ese doble castigo tiene consecuencias clínicas medibles: las mujeres llegan a los centros en estados de mayor deterioro, empujadas la mayoría de las veces por alguien más. Raramente llegan por decisión propia.

Y cuando finalmente llegan el sistema que las recibe tampoco fue pensado para ellas.

Los números que el sistema prefiere no sumar

El World Drug Report 2025 de la UNODC lo documenta: el 5,5% de las mujeres con trastorno por uso de sustancias recibió tratamiento en 2023, frente al 13,6% de los hombres. Una brecha que refleja décadas de políticas construidas con el hombre como paciente de referencia.

En España, los datos del Observatorio Proyecto Hombre publicados en 2025 indican que las mujeres llegan a los centros de tratamiento en promedio 18 años después de haber iniciado el uso problemático. La Red UNAD cifró en su Congreso estatal una brecha de al menos diez años respecto a los hombres.

En Chile el panorama es más agudo. Las mujeres representan apenas el 22% de las personas atendidas en los programas de rehabilitación de SENDA. Al mismo tiempo, el 32,5% de las escolares chilenas reporta consumo de alcohol en el último mes, superando a los varones por primera vez en la serie histórica. Las mujeres jóvenes en Chile beben más y acceden al tratamiento menos. El sistema no ha reaccionado.

En el resto de América Latina la situación es aún más opaca porque los registros epidemiológicos desagregados por género son escasos o directamente inexistentes en México, Colombia, Perú y Bolivia. Sin ese mapa, cualquier política pública es una apuesta a ciegas.

Las barreras que el sistema instaló y nunca desmanteló

Las barreras que frenan a las mujeres para llegar al tratamiento son estructurales. Ninguna es accidental. Un estudio publicado en el Journal of Substance Abuse Treatment sobre programas de rehabilitación para mujeres en Chile entre 2010 y 2019 confirmó que los entornos mixtos sin perspectiva de género afectan negativamente el acceso y los resultados del tratamiento femenino.

El estigma es la primera. Una mujer chilena con dependencia no solo carga con el juicio de ser adicta. Carga con el de haber fallado. Ese juicio está internalizado mucho antes de que nadie sepa nada, y es más paralizante que cualquier síntoma de abstinencia.

El miedo a perder la custodia de los hijos es la segunda barrera. En Chile y en toda la región, una mujer que ingresa a tratamiento se expone a que ese acto de responsabilidad se use en su contra en un proceso judicial. El resultado es que muchas prefieren el uso oculto antes que arriesgarse a perder a sus hijos. Un cálculo desesperado, y completamente evitable si el sistema quisiera resolverlo.

La carga de los cuidados es la tercera. Los centros de tratamiento residencial operan con una lógica que asume que el paciente puede ausentarse semanas o meses de su entorno. Para una mujer con hijos pequeños o adultos mayores a cargo, es materialmente imposible. SENDA cuenta con 73 centros con programa de género en Chile, algunos con posibilidad de ingreso con hijos. Un avance real e insuficiente para la escala del problema.

La cuarta barrera es la más sigilosa y la menos nombrada: los propios servicios fueron diseñados pensando en el paciente masculino. Los grupos terapéuticos mixtos sin perspectiva de género reproducen dinámicas que dificultan que las mujeres hablen de violencia, maternidad o vergüenza. Los horarios de atención no contemplan la jornada de cuidados. Los espacios físicos no tienen lugar para los hijos. El sistema no las excluyó de forma explícita. Las excluyó por omisión, que es peor.

El médico de cabecera completa ese cuadro. Una mujer de 38 años que llega a la consulta con ansiedad, insomnio y episodios depresivos recurrentes tiene muchas más probabilidades de salir con un ansiolítico que con una pregunta sobre cuánto bebe. El uso solitario y negado que caracteriza la dependencia femenina no aparece en los indicadores que el sistema aprendió a detectar, porque esos indicadores fueron construidos para identificar el patrón masculino.

Lo que Europa aprendió y América Latina ignora

País Vasco, Cataluña y España en general cuentan con planes específicos de atención a mujeres con adicciones que incorporan perspectiva de género, abordaje del trauma e historia de violencia como variables clínicas obligatorias. Los resultados son consistentes: los programas específicos muestran mejor retención y menores tasas de recaída a doce meses que los mixtos sin esas especificidades.

América Latina tiene acceso a esa evidencia y no la aplica. El problema de fondo es más profundo que la falta de programas: la dependencia sigue siendo una enfermedad investigada y tratada con los datos de los hombres. Los criterios diagnósticos del DSM-5 y la CIE-11 fueron construidos sobre esa base. Lo que llamamos modelo estándar de rehabilitación es en la práctica un modelo masculino al que se intenta adaptar a las mujeres sin reconocerlo. Ese desfase tiene nombre: sesgo de género en medicina. Y tiene consecuencias que se pagan en años perdidos.

El 80% de las mujeres en tratamiento por adicciones ha sido víctima de violencia a lo largo de su vida, según datos de UNAD. El 75% presenta ansiedad severa. El 63%, depresión severa. No son datos periféricos. Son el cuadro clínico real de lo que significa ser mujer con una adicción en un sistema que la diseñó para otro paciente.

Al final de la historia

Valeria tardó siete años. Siete años de uso solitario, de botellas escondidas, de llegar al colegio de sus hijos con el aliento disimulado con chicle. Siete años convencida de que podía parar cuando quisiera.

Hoy está en tratamiento. Le va bien. Y sigue sin usar su apellido cuando habla de esto.

«Lo que más me costó no fue dejar de beber. Fue aceptar que necesitaba ayuda sin sentir que eso me convertía en lo peor que puede ser una mujer en este país».

Esa frase no es clínica. Es el diagnóstico más preciso del problema que tenemos.

Mientras la sociedad siga castigando más a la mujer que bebe que al hombre y mientras los sistemas de tratamiento sigan siendo espacios diseñados para él, Valeria no será la última en tardar siete años. Será la norma.

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