Una de las preguntas que me lleva a iniciar este artículo es: ¿Cuál debería ser el significado profundo de la perspectiva interseccional? No tengo la respuesta, pero si querría aportar algunas reflexiones al respecto desde la práctica profesional.
La interseccionalidad es un concepto teórico acuñado por Kimberlé Crenshaw en 1989. Crenshaw desarrolló este concepto en dos artículos fundacionales, analizando cómo el sexismo y el racismo entrelazados muestran vulnerabilidades específicas. Introducir este término permitió romper con la falsa concepción de la homogeneidad de las mujeres y ello ha permitido una nueva perspectiva política en relación a los análisis de género y feministas. Hoy en día no deberíamos comprender los feminismos sin tener en cuenta esta mirada que ha abierto la puerta a explicar que la “diversidad” entre las mujeres tiene que ver con las opresiones y los privilegios que nos cruzan en distintos ejes que tienen lecturas sociales que nunca son neutras; algunos especialmente relevantes son la clase social, la condición migratoria o el color de la piel; esta aproximación conceptual debería estar siempre contemplada en el diseño de políticas sociales —no solo en las políticas públicas que supuestamente tienen por objetivo directo abordar las desigualdades de género o las violencias machistas—. La traslación de la interseccionalidad a las políticas sociales debería ir permitiendo, progresivamente, que podamos acompañar mejor y de forma más comprometida a las mujeres que están en los márgenes del sistema y que sobreviven violencias lo largo de sus vidas.
Sin embargo, a menudo, cuando acompañamos profesionalmente a hombres y pretendemos hacerlo con un compromiso feminista la perspectiva interseccional se diluye. Parecería que tomarla en cuenta significaría una deslealtad o falta de reconocimiento hacia la violencia vivida por las mujeres. Nos cuesta incluir esta mirada en el análisis y sobre todo entender que formas toman las opresiones o privilegios en cada hombre; tendemos a analizar desde una perspectiva homogénea y hegemónica. El análisis de las causas o las propuestas de abordaje profesional o incluso las violencias ejercidas y también vividas por cada hombre en el análisis biográfico no suelen tener en cuenta que el marco interpretativo también debería ser la perspectiva feminista interseccional.
En su libro El deseo de cambiar: hombres, masculinidad y amor, Bell Hooks ya sostiene que, aunque el patriarcado estructura la vida de todos los hombres (y por supuesto también de las mujeres), lo hace de maneras distintas según su raza. La diferencia fundamental radica en el acceso al poder y cómo el racismo moldea la identidad masculina. La opresión por razón de raza que opera en los hombres negros no significa que no ejerzan violencias hacia mujeres, ni otras personas, pero sí que será relevante tener en cuenta como han atravesado las violencias en sus vidas y que papel han jugado en lo que nombramos como los privilegios masculinos. Este análisis de Hooks centrado en el eje de raza creo que nos permite abrir el análisis a la perspectiva interseccional en relación a otros ejes como la clase social y algunas situaciones específicas que pueden venir derivadas de la suma de opresiones como es, por ejemplo, el sinhogarismo masculino. Habrá que analizar que impactos tienen también en los hombres en esa clave tan relevante que significa el acceso al poder; tanto en relación a quienes son los hombres que tenemos delante como en relación a quienes somos nosotras, nosotros y nosotres frente a ellos. En un análisis que siempre es y será más complejo y poliédrico
El abordaje del consumo problemático de drogas requiere —como cualquier otro ámbito social— la perspectiva feminista para ser analizado con rigor y compromiso. Es también un fenómeno complejo y heterogéneo. Así, la mirada feminista en el acompañamiento a hombres con consumo problemático debería incorporar esta complejidad.
El marco feminista ampliamente compartido plantea que la génesis de las desigualdades de género y por ende de las violencias machistas es estructural y se sostiene y vertebra a través del patriarcado. Este marco patriarcal, este origen estructural de las violencias machistas no toma la misma forma ni impacta igual en todos los hombres. La realidad de los hombres con un consumo problemático de drogas es muy diversa y desigual. Si tomamos como situación paradigmática los hombres vinculados a servicios de reducción de daños solemos encontrarnos con situaciones de opresión vinculadas a: sinhogarismo procesos migratorios traumáticos, problemas de salud mental, entre otros. Sin embargo, si nuestro acompañamiento profesional está ubicado en un servicio de pago es altamente probable que los itinerarios vinculados a su consumo de drogas sean muy distintos. Por consiguiente, no deberíamos tener que enfrentarnos a un debate estéril sobre si trabajamos con los hombres poniendo foco solo en sus privilegios o trabajamos principalmente sus aprendizajes emocionales. Se trata de cambiar el marco de análisis. Tener en cuenta la posición social y de poder que ocupa cada uno.
Asumiendo el privilegio global de la masculinidad, este enfoque debería incorporar una perspectiva política más amplia que también se trasladara al acompañamiento profesional. Sino se queda corto.
Los hombres que atendemos en los servicios de reducción de daños donde se trabaja básicamente con la pobreza han crecido y convivido con una promesa patriarcal de privilegios, pero no con privilegios reales. Una sociedad de hombres privilegiados —que también toman drogas— ellos sí, con poder definen una realidad a su conveniencia para mantener la fantasía de la fratría masculina, con el fin de que no se resquebraje ese poder totémico de la masculinidad hegemónica.
Para seguir avanzando me permito abrir algunas preguntas que nos ayuden a plantear acompañamientos más humanos, profesionales y feministas: ¿No podría ser revelador para los hombres que acompañamos observar que necesidades hay detrás de performar una masculinidad que acaba siendo un fraude? ¿Desde el ámbito profesional podemos diferenciar entre privilegios masculinos reales y la promesa patriarcal de privilegios? En definitiva, ¿No deberíamos —como responsabilidad y compromiso sociopolítico— distinguir entre los hombres realmente privilegiados y aquellos que conviven con opresiones estructurales?



