Cómo los vapores del popper configuraron estereotipos sobre la masculinidad gay

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Cuando uno inhala los vapores del nitrito de amilo, un líquido transparente, amarillento, muy volátil y de olor penetrante, siente calor, euforia, impulso de saltar, ganas irrefrenables de reír, cierta furia sexual desatada, unos fuertes latidos en el cráneo, como si todo fuera a estallar y no importase. Lo más curioso es la corta duración de sus efectos: en unos 45 segundos el mundo vuelve a la normalidad, como si nada hubiera pasado. Este compuesto químico, y otros similares, se conocen como popper, porque en tiempos pretéritos se expendían en unas ampollas de cristal que, al quebrarlas, hacían “¡pop!”.

El popper es una droga ilegal en España (se persigue la venta para el consumo), aunque legal en otros países, como Francia o Reino Unido (donde un diputado conservador, Crispin Blunt, confesó utilizarlo como alegato contra su prohibición). Tradicionalmente se ha vendido, en Internet o sex shops, con otros fines, como ambientador, quitaesmaltes o limpiador de cuero, comercializado en pequeños frascos con diseños lisérgicos y nombres onomatopéyicos, aunque la mayor parte de los usuarios lo utiliza con fines recreativos, por su capacidad euforizante y erótica: en algunos de los anuncios históricos de la sustancia se ve un hongo nuclear salir de un bote de popper, tal es la potencia que se le supone.

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