Las pipas como herramienta de vinculación: resultados cualitativos de una intervención sobre material para consumo de crack y formación en reducción de daños en Inglaterra

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El artículo Las pipas como herramienta de vinculación: resultados cualitativos de una intervención sobre material para consumo de crack y formación en reducción de daños en Inglaterra, firmado por Casey Sharpe, Joanna Busza, Cedomir Vuckovic, Jenny Scott, Vivian Hope, Mat Southwell, Louise Wilkins, Lucy Platt y Magdalena Harris y publicado en International Journal of Drug Policy, analiza cómo la distribución de material más seguro para fumar crack, acompañada de formación específica a profesionales, puede influir en el contacto de las personas usuarias con los servicios de sustancias en Inglaterra.

El trabajo parte de una situación de escasa atención específica al consumo de crack. Los autores señalan que se estima que alrededor de 171.000 personas consumen crack en Inglaterra y que los servicios se han orientado tradicionalmente hacia el consumo de opioides y las prácticas de inyección. Además, la legislación británica prohíbe proporcionar material destinado a la inhalación de estimulantes y no existen tratamientos farmacológicos autorizados específicamente para la dependencia de estimulantes.

Para explorar posibles alternativas, el proyecto Safe Inhalation Pipe Provision (SIPP) puso a prueba, entre 2023 y 2024, una intervención en tres zonas de Inglaterra. Se distribuyeron kits que incluían una pipa de vidrio, filtros, boquillas y otros elementos, junto con información sobre reducción de daños. Paralelamente, los profesionales recibieron una formación online sobre consumo de crack, riesgos para la salud, prácticas de inhalación más seguras y formas de mejorar la relación con las personas usuarias. La intervención pudo desarrollarse mediante acuerdos con las fuerzas policiales locales debido a las restricciones legales existentes.

Este artículo presenta la parte cualitativa de una investigación más amplia. El equipo realizó 48 entrevistas con 50 participantes —33 personas con experiencia de consumo de crack y 17 profesionales— y seis grupos focales. También llevó a cabo observaciones en los centros participantes. La mayoría de las personas consumidoras entrevistadas eran hombres y blancas, una característica que los propios autores reconocen como una limitación para comprender las experiencias de mujeres y personas de minorías étnicas.

Antes de la intervención, participantes y profesionales describieron pocos recursos específicamente dirigidos al crack. La disponibilidad de las pipas cambió parcialmente esta situación, ya que facilitó la llegada de nuevas personas a los servicios y favoreció que algunas que ya acudían por otros motivos revelaran por primera vez su consumo de crack. El material funcionó, por tanto, no solo como una medida práctica de reducción de daños, sino también como un punto de entrada para iniciar conversaciones sobre salud y otras necesidades.

La formación de los profesionales fue otro elemento relevante. Según los resultados, aumentó su confianza para hablar sobre crack sin recurrir a enfoques estigmatizantes y facilitó relaciones de mayor confianza. Estos contactos permitieron detectar necesidades relacionadas con salud sexual, hepatitis, heridas, salud mental, vivienda o atención sanitaria y, en algunos casos, realizar derivaciones hacia otros recursos.

Sin embargo, la entrega de pipas no eliminó las barreras estructurales. La distancia a los centros, los costes de transporte, el estigma, la desconfianza hacia los servicios y la falta de recursos especializados siguieron dificultando el acceso. Por ello, el artículo propone modificar la legislación británica para permitir la distribución de este material y ampliar vías como el trabajo comunitario, la distribución entre iguales y otros sistemas más discretos. Y que estas medidas estén acompañadas de servicios accesibles, profesionales formados y una atención más integrada.

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