Relación entre el clima familiar y el uso de tecnologías en adolescentes: análisis de regresión logística

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María Blanquer-Cortés y Nieves Martínez-Hernández, investigadoras de la Universidad Miguel Hernández de Elche, firman el artículo Relación entre el clima familiar y el uso de tecnologías en adolescentes: análisis de regresión logística, publicado en el número 3 de 2026 de la Revista Española de Drogodependencias. El estudio analiza cómo las relaciones familiares, especialmente los conflictos, la comunicación emocional y la cohesión, se asocian con el uso problemático de redes sociales y videojuegos durante la adolescencia.

La investigación se realizó con 3.673 adolescentes de entre 13 y 17 años de la Comunidad Valenciana, con una edad media de 14,84 años. El 51,3% eran mujeres y el 48,7% hombres. Los datos se recogieron entre octubre de 2023 y enero de 2024 mediante cuestionarios online en centros de educación secundaria seleccionados aleatoriamente. Las autoras analizaron tres dimensiones del entorno familiar: la cohesión, entendida como el apoyo y los vínculos afectivos; la expresividad, relacionada con la comunicación de sentimientos y opiniones; y el conflicto, referido a las tensiones dentro del hogar.

Los resultados muestran que el 17,4% de las personas de la muestra presentaba indicadores de uso problemático de redes sociales y el 5,3% de videojuegos. Las investigadoras encontraron diferencias según el género, ya que las chicas presentaban una mayor probabilidad de uso problemático de redes sociales, mientras que entre los chicos era más frecuente el uso problemático de videojuegos. Estas diferencias se mantuvieron en los análisis estadísticos que tuvieron en cuenta las características del clima familiar.

Uno de los principales hallazgos es la relación entre los conflictos familiares y el uso problemático de ambas tecnologías. El conflicto fue la única de las tres dimensiones familiares estudiadas que mostró una asociación estadísticamente significativa tanto con las redes sociales como con los videojuegos. En cambio, una mayor expresividad emocional dentro del hogar se relacionó con una menor probabilidad de uso problemático de videojuegos, pero no se encontró esa misma asociación en el caso de las redes sociales. La cohesión familiar, por su parte, no presentó relaciones estadísticamente significativas en ninguno de los dos modelos una vez consideradas las demás variables.

El estudio también muestra que las distintas dimensiones del clima familiar no presentan las mismas asociaciones con el uso problemático de redes sociales y videojuegos. Aunque investigaciones anteriores habían relacionado la falta de cohesión y comunicación familiar con un mayor uso problemático de redes sociales, los resultados de este trabajo no confirmaron esas asociaciones. Las autoras consideran necesario seguir investigando qué aspectos concretos del entorno familiar pueden actuar como factores de riesgo o protección.

En cuanto a las diferencias de género, los análisis encontraron que ser mujer, en comparación con ser hombre, se asociaba con una mayor probabilidad de uso problemático de redes sociales y una menor probabilidad de uso problemático de videojuegos. Las investigadoras relacionan estos resultados con hallazgos de estudios anteriores, aunque recuerdan que las explicaciones propuestas en la literatura incluyen distintas motivaciones de uso y factores culturales.

Las autoras advierten de varias limitaciones. Por un lado, algunos de los instrumentos utilizados presentaron niveles de fiabilidad moderados o bajos, especialmente la escala que evaluaba la expresividad familiar. Por otro, el diseño transversal del estudio no permite establecer relaciones de causa y efecto. Por tanto, los resultados muestran asociaciones entre las variables analizadas, pero no demuestran que los conflictos familiares provoquen directamente un uso problemático de las tecnologías. Además, las puntuaciones utilizadas para identificar posibles usos problemáticos son indicadores de riesgo y no equivalen a diagnósticos clínicos.

A partir de estos resultados, Blanquer-Cortés y Martínez-Hernández plantean que la prevención del uso problemático de las tecnologías debería ir más allá del control del tiempo que las personas adolescentes pasan frente a las pantallas. Consideran importante incorporar el trabajo con las familias, especialmente en la gestión y resolución de conflictos, la comunicación emocional y la mediación parental. También destacan la necesidad de tener en cuenta la perspectiva de género y desarrollar intervenciones educativas y clínicas que aborden las relaciones familiares.

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