Salir de la pobreza y del sinhogarismo no es fácil. Según un informe de la Fundación Arrels, el 72% de los sintecho no tiene ninguna expectativa de volver a vivir en una casa, un derecho humano considerado básico que muchos no tienen garantizado. El actual modelo de intervención social debería funcionar en escalera: el usuario empieza en un albergue, después pasa a un alojamiento temporal y, como último escalón, a una vivienda permanente. Aunque sobre el papel se plantee como una transición lógica y escalonada, lo cierto es que en la práctica un alto porcentaje termina quedándose por el camino y, por tanto, volviendo a la calle. La investigadora canaria Alejandra Rodríguez, tras estudiar la situación en las Islas, cree que es hora de un cambio: «Hay que empezar por darles un hogar».
La socióloga y trabajadora social explica que, pese a que a priori parece utópico, es una solución real. «Hay resultados que demuestran que, además de ser posible, es rentable», defiende. Este modelo que plantea no es nuevo; se conoce como Housing First (la vivienda primero) y fue inventando por el psiquiatra Sam Tsemberis en la década de los noventa, en Estados Unidos. Lo que propone es que la persona sin hogar acceda a una vivienda individual, estable e independiente tan pronto como sea posible, sin poner exigencias previas como ausencia de consumo. «Al conseguir una casa, ya se estabilizan desde ese momento inicial y eso les permite conseguir una serie de éxitos que no alcanzarían de otra forma», argumenta. Entre otras cuestiones, esta metodología ya ha demostrado que reduce las adicciones y los problemas de salud, tanto mental como física.



