Cuando se habla de prevención de drogas, mucha gente aún imagina la misma escena: un experto entra en un aula escolar y les aburre exponiendo los riesgos de las drogas y acabando con un mensaje tan contundente como bien intencionado: «No consumáis». Durante años hemos identificado la prevención con esta imagen. Pero si eso fuera así de fácil, después de cuarenta años de campañas y charlas las drogas ya serían historia.
La prevención no consiste solo en evitar que una persona consuma. Consiste, sobre todo, en reducir el sufrimiento que las drogas pueden generar. Esta diferencia es mucho más importante de lo que parece.
‘Cuando medimos el éxito de la prevención exclusivamente por el número de personas que no consumen, la condenamos al fracaso.’
La realidad es infinitamente más compleja. También es prevenir conseguir que un adolescente retrase la edad de inicio. Lo es que una familia detecte a tiempo un cambio preocupante. Lo es que un joven sepa pedir ayuda antes de que un consumo ocasional se convierta en una adicción. Lo es reducir riesgos, evitar intoxicaciones, disminuir accidentes o facilitar que alguien deje de consumir cuando aparecen los primeros problemas.
‘La prevención no es una promesa de consumo cero. Es una herramienta para que haya menos sufrimiento.’
Sin embargo, seguimos pidiendo a la prevención lo que no le pedimos a ninguna otra política pública. Nadie espera que una sola visita al médico garantice una salud perfecta durante toda la vida. Nadie piensa que una única clase hará que un alumno domine una lengua. En cambio, aún hay quien espera que una charla de cincuenta minutos consiga que un o una adolescente no consuma nunca.
Las charlas pueden ser útiles. Informan, despiertan preguntas y generan espacios de reflexión. El problema es cuando las convertimos en casi toda la estrategia preventiva. Una hora de clase difícilmente puede competir con la influencia de las redes sociales, la presión del grupo, las desigualdades de género, la publicidad, los referentes culturales, la disponibilidad de sustancias o el malestar emocional que muchas personas arrastran.
‘Confundir la prevención con una charla es como confundir la sanidad con una visita al médico’.
La buena prevención es mucho menos visible de lo que imaginamos. Es una familia que puede hablar sin miedo sobre drogas. Es una escuela que construye vínculos y detecta precozmente el sufrimiento de los alumnos. Es un municipio que ofrece alternativas de ocio saludables. Es una regulación responsable de sustancias. Es disponer de servicios accesibles de salud mental. Es formar profesionales. Es reducción de riesgos. Es coordinación entre educación, salud y servicios sociales. Es generar comunidades más protectoras. En resumen, la prevención es un ecosistema, no una actividad.
También hay que abandonar una idea que, a pesar de las buenas intenciones, a menudo nos limita: pensar que el único objetivo es conseguir que nadie consuma. La realidad nos enseña que hay personas que experimentarán con drogas, igual que experimentarán con muchas otras conductas de riesgo propias de la adolescencia y de la juventud. Ante esto, tenemos dos opciones. Hacer ver que esta realidad no existe o prepararlas para que tomen decisiones más informadas, más responsables y menos perjudiciales para su salud.
‘Esto no significa normalizar el consumo. Significa asumir la realidad para poder transformarla.’
Necesitamos una prevención menos basada en los eslóganes y más basada en la evidencia. Menos centrada en el miedo y más en el desarrollo de capacidades personales, en cambiar el contexto, en el pensamiento crítico, la salud mental, el apoyo familiar y la cohesión comunitaria. La prevención del siglo XXI debe dejar de preguntar únicamente «¿consumes?» y comenzar a interesarse también por «¿cómo estás?», «¿qué te preocupa?» o «¿quién tienes a tu lado cuando las cosas van mal?».
Quizá ha llegado el momento de dejar de preguntar si la prevención funciona y comenzar a preguntarnos qué prevención estamos haciendo. Porque la mejor prevención no es la que promete un mundo sin drogas. Es la que consigue que haya menos sufrimiento, menos exclusión y más oportunidades para que las personas puedan construir proyectos de vida saludables, libres y llenos de sentido.



