Vuelven las noticias sobre óxido nitroso a la prensa, y siguen la misma pauta: peligro, alarma, epidemia, consecuencias nefastas para la salud de las personas que lo usan. Pero ¿qué hay de cierto en todo ello? Primero, no tenemos evidencia de que sea una droga cuyo consumo haya repuntado este verano; aunque así lo muestre la prensa, no hay ningún dato que lo corrobore. Según el informe ESTUDES 2025 del Plan Nacional sobre Drogas, el 1,7% de los jóvenes ha probado el óxido nitroso o gas de la risa, lo que representa un ligero aumento respecto al 1,5% de 2023, pero recordemos que la pregunta sobre si lo ha consumido alguna vez en su vida es acumulativa y no nos sirve para decir que hoy consumen más jóvenes con frecuencia estos productos; es más, que el ESTUDES no recoja datos sobre el consumo en el último mes tiene relación con lo anecdótico de este consumo.
Una bombona cuesta unos 30€ y se compra online; no existe una regulación que impida su venta, ya que es un producto que se comercializa para la repostería. Normalmente el circuito es que una persona hace una compra medianamente grande y las revende entre su entorno más cercano, lo que se traduce en que tampoco alimenta grandes redes de narcotráfico, ya que el margen de beneficio es bastante pequeño.
El óxido nitroso es un depresor del sistema nervioso central que causa euforia, relajación, sensación de desconexión y risa incontrolada; son efectos que aparecen unos 30 segundos después del consumo y permanecen durante unos 3 minutos. El consumo habitual consiste en rellenar globos con estas bombonas de óxido nitroso; una sesión equivaldría a rellenar varios globos hasta terminar la bombona, lo que suele hacerse en un periodo de una hora aproximadamente. Por lo tanto, los efectos son muy concretos y limitados en el tiempo. El mayor riesgo de este consumo es la inhalación sin globo, que puede provocar quemaduras importantes en las zonas por las que pasa el gas: el líquido se convierte en gas al salir de la bombona a una temperatura de -40º y, en cuestión de segundos, puede quemar la nariz, los labios, la boca o la garganta. Precisamente el globo actúa como cámara en la que el gas se atempera. El segundo riesgo más habitual son las caídas por mareo o pérdida momentánea del equilibrio. A largo plazo, un uso frecuente e intensivo (que es extremadamente marginal a nivel estadístico) puede producir daños derivados de la falta de oxígeno en el cerebro, y la interferencia del gas con la vitamina B12 puede derivar en neuropatía. Es importante relativizar estos efectos a largo plazo: la gran mayoría de jóvenes que vemos consumir con un globo no lo hacen a diario ni semanalmente. Además, suele ser una práctica muy compartida, en la que una misma bombona se reparte entre varias personas. Centrar la mirada y la cobertura mediática en estos efectos extremos estigmatiza el consumo, genera sensacionalismo y ofrece una imagen desorientada de la realidad.
Buena parte de esa cobertura, además, no se limita a hablar de riesgos para la salud: instala la idea de que el consumo de globos deriva en delito, vinculándolo a peleas, robos o comportamientos violentos, sin que exista evidencia que sostenga esa relación causal. La distancia entre los datos que acabamos de comentar y la cobertura mediática que reciben tiene que ver en gran parte con un componente de clase y racialización. El perfil del consumidor, mayoritariamente joven y a menudo asociado a población racializada y pobre, alimenta una sensación de peligro que la evidencia no respalda. Este mecanismo no es nuevo: históricamente, la mirada que tenemos sobre las drogas ha respondido más a quién las consume que a su peligrosidad real, y en más de una ocasión esa asociación se ha utilizado para perseguir y estigmatizar a una población concreta. El caso más citado es la criminalización del cannabis en Estados Unidos en los años 30, que justificó la persecución de la población afroamericana y mexicana. Además, desde el modelo de la reducción de daños llevamos tiempo reiterando que las sustancias no anulan por sí solas la voluntad de una persona, y que si hemos de hablar de drogas que facilitan conductas de riesgo deberíamos seguir hablando del alcohol, con una prevalencia de consumo incomparablemente mayor y con una relación con el delito y las agresiones muchísimo más relevante.
Lo que necesitamos no es una prensa que busque el titular fácil y el clic a costa de estigmatizar a un colectivo, sino una que informe con rigor. Si se quiere hablar de óxido nitroso, que sea para dar información real que ayude a prevenir el consumo y a reducir sus riesgos, no para alimentar un relato que desinforma y desvía la atención de lo que de verdad importa.



