La droga del verano no existe (pero vende titulares)

Lo nuevo no es la sustancia: es el ángulo que un medio ha decidido explotar para generar clics en un mes informativamente flojo

Cada mes de julio, como las rebajas o las olas de calor, vuelve un clásico del periodismo de temporada: la droga del verano. Un año es el tussi o cocaína rosa; otro, las gominolas con THC; antes fue la burundanga en cada copa, la mefedrona, el spice o el popper. Cambia el nombre, pero el guion es siempre idéntico: una sustancia «nueva», «letal» y «que arrasa entre la juventud» ocupa portadas durante una semana y desaparece con la misma velocidad con la que apareció, hasta el verano siguiente.

El problema no es que se hable de ello. El problema es cómo se habla. Porque con las drogas, comunicativamente, no se juega: cada titular sensacionalista tiene consecuencias sobre cómo la gente entiende, teme o consume estas sustancias.

Vino viejo en botellas nuevas

Si se rasca un poco, la mayoría de estas «novedades» no lo son. A menudo se trata de la reaparición de una droga ya conocida desde hace décadas, de un cambio menor en su presentación o de un nuevo patrón de consumo que existe desde hace tiempo en contextos concretos. Lo nuevo no es la sustancia: es el ángulo que un medio ha decidido explotar para generar clics en un mes informativamente flojo.

Y aquí hay un incentivo perentorio. La alarma se comparte, se indigna y se viraliza; el matiz, no. Un titular que diga «la droga que mata a tus hijos este verano» acumulará muchos más likes que uno que explique, con datos, qué prevalencia real tiene una sustancia, en qué contextos se utiliza y qué riesgos concretos conlleva. El resultado es una cobertura que prioriza el impacto por encima de la utilidad, y que confunde hacer ruido con informar.

El coste de ese ruido no es neutro. Cuando una droga se convierte en fenómeno mediático, a menudo se genera precisamente el efecto contrario al que se pretende: la curiosidad. La sobreexposición puede despertar un interés que antes no existía, especialmente entre quien aún no la conocía. Bautizar una sustancia como «la droga de moda» es, involuntariamente, la mejor campaña de marketing que se le puede hacer.

Estigmatizar no es prevenir

La otra cara de esta moneda es el estigma. Estas noticias suelen dibujar a un consumidor caricaturizado —irresponsable, joven, perdido— que sirve para alarmar a las familias pero que no se parece mucho a la diversidad real de personas que consumen. Y el estigma no es inofensivo: aleja a la gente de los servicios de ayuda, dificulta que quien tiene un problema lo verbalice y refuerza la idea de que consumir es una cuestión moral y no una cuestión de salud.

Porque aquí está la ausencia más flagrante de toda esta cobertura: la mirada de salud. Rara vez uno de estos artículos explica cómo reducir riesgos, qué hacer ante una intoxicación, cómo combinar sustancias puede ser más peligroso que consumirlas por separado, o dónde dirigirse para pedir información sin ser juzgado. La reducción de daños —que es lo que salva vidas— no vende titulares. El miedo, sí.

No se trata de silenciar el fenómeno ni de negar que hay sustancias que conllevan riesgos graves. Se trata de exigir el mismo rigor que pediríamos a cualquier otra información de salud pública: datos contextualizados, voces expertas, ausencia de morbo y, sobre todo, la pregunta que debería abrir cualquier pieza sobre drogas: esto, ¿a quién ayuda?

Mientras la respuesta siga siendo «a los clics», seguiremos teniendo una droga del verano cada año. Y seguiremos sin hablar de lo que de verdad importa.

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