Si nos quedamos solo con el titular, podríamos pensar que la situación de los jóvenes ha mejorado mucho: fuman menos, consumen menos cannabis y, en general, las drogas ilegales tienen hoy una presencia menor que hace quince o veinte años. Pero cuando se observan los datos con un poco más de perspectiva, el mensaje es menos tranquilizador. Los riesgos no desaparecen. Simplemente cambian de forma.
Los datos ampliados de la encuesta ESTUDES en Cataluña sobre el consumo de drogas entre estudiantes de 14 a 18 años confirman una tendencia que ya hace años que se intuye. El tabaco se encuentra en mínimos históricos y el consumo de cannabis es muy inferior al que era a principios de los años 2000. En parte, esto es una buena noticia y también el resultado de décadas de prevención cada vez de mayor calidad y efectividad: programas educativos en las escuelas, campañas de salud pública, regulaciones más estrictas y el trabajo sostenido de profesionales, ayuntamientos y entidades. Es necesario reivindicar esta labor, sin duda, aunque siempre vaya a contracorriente.
Ahora bien, hay dos realidades que a menudo quedan ocultas detrás de este relato optimista.
La primera es que el alcohol sigue siendo, con mucha diferencia, la sustancia más consumida por los adolescentes. Aunque los indicadores han mejorado ligeramente en los últimos años, los niveles de consumo continúan siendo muy elevados y los episodios de consumo intensivo siguen formando parte de muchas dinámicas de ocio juvenil. El alcohol mantiene una normalización social que no tiene ninguna otra droga, y esta tolerancia cultural continúa siendo uno de los principales obstáculos para avanzar en su reducción.
La segunda es que algunos consumos simplemente se están transformando. Los cigarrillos electrónicos se han convertido en una de las principales puertas de entrada al consumo de nicotina entre adolescentes, a menudo percibidos como una alternativa inofensiva a pesar de que generan dependencia y pueden facilitar trayectorias de consumo posterior.
Al mismo tiempo, los datos también apuntan a un fenómeno cada vez más presente: el uso de psicofármacos, especialmente entre las mujeres. No se trata solo de un consumo asociado al ocio o a la búsqueda de experiencias. En muchos casos responde a otra lógica, más silenciosa pero igualmente preocupante: la de gestionar el malestar.
Durante muchos años el relato sobre las drogas se ha construido alrededor del consumo para divertirse, para experimentar o para formar parte de un determinado contexto social. Hoy, sin embargo, aparece cada vez más otro patrón: consumir no para pasarlo bien, sino para no pasarlo mal.
Este cambio conecta también con otros fenómenos emergentes entre adolescentes. La encuesta apunta a un aumento del uso compulsivo de internet, del riesgo de adicción a las redes sociales en ellas y de conductas problemáticas vinculadas a los videojuegos o al juego con dinero en ellos. Los adolescentes pasan muchas más horas conectados que hace una década, en entornos digitales que a menudo funcionan con mecanismos de recompensa constantes y que pueden favorecer hábitos intensivos de uso.
Lo que observamos, por tanto, no es tanto una desaparición de las conductas de riesgo como una transformación de su ecosistema. Las drogas clásicas siguen existiendo, pero conviven con nuevas formas de adicción comportamental y con nuevos motivos de consumo.
Ante este escenario, la prevención también debe evolucionar. Personalmente me generaba muchas dudas cómo debíamos trabajar las pantallas desde el ámbito de la prevención, pero creo que queda claro que probablemente necesitamos una estrategia más global que integre en un mismo marco las drogas clásicas y las nuevas adicciones comportamentales. No pueden abordarse como si fueran fenómenos separados, porque forman parte de un mismo contexto de riesgos vinculados al bienestar, el ocio y la salud mental de los jóvenes.
Al mismo tiempo, es necesario desplegar estrategias específicas capaces de llegar a la diversidad de situaciones que existen entre adolescentes. La prevención no puede dirigirse solo a un único perfil de joven. Debe poder reforzar la abstinencia cuando existe, retrasar el inicio de los consumos y, al mismo tiempo, reducir riesgos y daños cuando estos ya se producen.
En otras palabras: estrategias diferenciadas para cada uno de los usos y consumos.
Los datos de ESTUDES ofrecen, sin duda, motivos para cierto optimismo. Pero también nos recuerdan que los riesgos evolucionan con cada generación. Y que la prevención solo es realmente efectiva cuando es capaz de evolucionar al mismo ritmo que la realidad que quiere transformar.



