La guerra contra las drogas lleva décadas sirviendo de coartada para intervenciones que poco tienen que ver con la salud pública o la seguridad internacional.
Las personas jóvenes que han crecido en contextos de desventaja estructural suelen encontrarse inmersas en circuitos institucionales marcados por vacíos asistenciales y carencia en el acompañamiento
El impacto emocional de la abstinencia también deja huellas invisibles. No solo es el cuerpo reclamando una sustancia; es la mente tratando de acomodarse a la pérdida
La falta de formación sobre violencia, consumo y trauma perpetúa un reduccionismo que desvía la mirada hacia las sustancias, culpabiliza a las mujeres y oculta la raíz estructural de la violencia: la desigualdad patriarcal.
Por tanto, nos encontramos con un modelo sanitario cerrado que deja fuera el autocultivo con fines terapéuticos o la dispensación en farmacias comunitarias
En el mercado de drogas de Costa Rica, las mujeres suelen participar desde los márgenes, ocupando los eslabones más bajos y asumiendo riesgos que ponen su cuerpo en el centro de la transacción. Instrumentalizados por su capacidad de portar drogas y ser “penetrados” por el “producto de valor”, sus cuerpos sostienen transacciones y permiten la supervivencia en condiciones adversas, sin posibilidad de negociación.