Detrás de la atractiva interfaz de las plataformas digitales que millones de jóvenes colombianos utilizan a diario, opera un complejo sistema de algoritmos diseñado para maximizar la permanencia. Este diseño no es neutro; ejerce una influencia profunda en la salud mental de la población más vulnerable: nuestros jóvenes. No es meramente el contenido que se consume, sino la arquitectura algorítmica la que define la experiencia, creando bucles de retroalimentación que dificultan la desconexión.
Estos algoritmos de recomendación no solo aprenden sobre los intereses de cada usuario, sino que también anticipan qué tipo de estímulos generarán una mayor reacción, sea esta positiva o negativa. El objetivo primordial es el engagement: mantener la mirada fija en la pantalla, el dedo deslizando sin fin, alimentando un ciclo de gratificación instantánea y, a menudo, de comparación social. La personalización extrema puede derivar en «cámaras de eco», donde la diversidad de pensamiento se reduce y se refuerzan sesgos preexistentes, aislando al individuo en su propia burbuja digital.



