Organismos como la OMS predecían que la pandemia, por su carácter inédito, por el temor a lo desconocido que suscitó y por las restricciones asociadas, no solo pasaría factura a la salud física y la Xunta hizo suya la advertencia. Las consultas de los psicólogos aún acusan el empuje de esa ola, que se suma a un momento de desestigmatización de las afecciones de salud mental. Los jóvenes no son una excepción y en muchos casos, como cuestionan especialistas gallegos, la solución que les ofrece el sistema pasa por la medicalización cuando no son ellos mismos directamente los que se automedican, una alternativa que probaron en el último año uno de cada quince adolescentes en Galicia, y con fármacos, como benzodiacepinas y somníferos, que en teoría exigen receta.
Un análisis reciente de Fad Juventud a partir de datos del Plan Nacional sobre Drogas advierte que el uso de hipnosedantes como «respuesta automática al malestar emocional» se ha instalado «en el día a día de muchas familias» y, en particular, percibe un «patrón preocupante» en como lo afronta la adolescencia. La inquietud deriva de la encuesta Estudes, que pasa revista al consumo de sustancias en alumnado de enseñanzas secundarias de 14 a 18 años y concluye, para España, que un 19,6% de los entrevistados ha consumido pastillas para la ansiedad o para dormir alguna vez en la vida, casi un 14% en el último año y un 8,2 % en el último mes, resultados que superarían las marcas de la población adulta y que revelarían, indican, que en la juventud «parece normalizarse una medicalización de los malestares a edades cada vez más tempranas».



