Levantarse desorientada, en una cama que no es la tuya o en tu propia casa, pero con un dolor extraño. La inquietud de no tener ningún recuerdo o que los pocos que merodean por la mente sean borrosos. Así es como se despiertan en muchas ocasiones quienes han sufrido una agresión sexual en presencia de drogas, ya sea de manera oportunista, es decir, aquellas en las que la víctima había bebido o consumido algún otro tipo de sustancia por voluntad propia y alguien se aprovecha de la situación; o proactiva, cuando se droga a propósito a una persona para abusar de ella.
«Es un problema de machismo estructural», explica Nuria García Couceiro, a la cabeza de un estudio de la Universidade de Santiago de Compostela (USC) que analiza estas agresiones en la población universitaria, con más de 3.500 participantes entre los siete campus públicos de la comunidad.



