Los tres que se rompen
En esa habitación convivíamos varios, y ninguno tenía cuerpo.
Estaba el adicto crónico, el que había perdido la razón y seguía buscando algo que sabía que no iba a encontrar. Estaba la locura y estaba la muerte. Y había, sobre todo, tres figuras mías que se ***** lo poco que quedaba de mí.
El primero era el otro Aarón: el que conservaba algo de cordura, el que en medio del humo me traía pequeñas ráfagas de lucidez y me decía sálvate, sal de aquí, te estás volviendo loco.
Ese Aarón me había acompañado siempre, me había esperado sentado a que saliera del motel para irnos juntos al norte, me había aceptado todas las decisiones incorrectas como un cómplice incondicional. Pero un día, en esa habitación, sentí que ese Aarón se estaba cansando. Que ya no me validaba. Que se quería ir. Y entendí que cuando esa parte se marcha, cuando ya no te asegura que va a regresar con su ráfaga de lucidez, estás navegando el umbral del fin de tu existencia. Porque el mundo ya lo habías perdido hacía tiempo. A Dios ya lo habías perdido. Y si encima se va el único que te traía cordura, no queda nada.
Y entonces, a veces, aparecía el tercero: el muchacho que andaba a caballo. El que subía montañas, el que jugaba fútbol, el que tenía planes. El adolescente que tenía sueños. Lo veía ahí, frente a mí, triste, frustrado, decepcionado, diciéndome sin reproche: esto no encaja en el plan que teníamos. Teníamos otros planes. Había otros sueños.
Esa confrontación entre los tres — el que conserva la cordura y se cansa, el muchacho que pregunta por los sueños rotos, y el adicto que sabe que ya no hay retorno — es, posiblemente, la antesala de la muerte. O la antesala del regreso. Si en ese punto no tomas la opción de volver, ya no la tomas nunca. Entras en el punto de no retorno.
…
«Dos más dos nunca fueron cuatro» —
El programa de doce pasos como estructura de recuperacion
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Aaron Salter
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Aaron Salter
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Re: El programa de doce pasos como estructura de recuperacion
Crié a tres hijos cubriendo el lugar de una madre ausente por su consumo. Rescaté: pagué lo que se rompía, escondí ante ellos lo que pasaba, sostuve una vida que no me tocaba sostener. Y me creía sano por eso. El enfermo era el que consumía; yo era el que aguantaba.
Lo que había debajo lo vi tarde. Creerme capaz de salvarla era el mismo pensamiento torcido de mi propia adicción — yo puedo con esto, yo la rescato —, solo que apuntado hacia ella. Me creía el salvador; por dentro me victimizaba; y más al fondo esperaba en secreto un premio por aguantar. Toda esa maquinaria, montada para proteger, nos hizo daño a mis hijos, a mí y a ella — en ese orden.
Porque la sintomatología adictiva se somatiza: sin tocar la sustancia, empiezas a pensar y a actuar como el que consume. Los mecanismos inconscientes que el psiquiatra Abraham Twerski describió en el pensamiento adicto — la negación, el autoengaño, la proyección — se mudan a vivir dentro del que no usa. La que nunca bebió pero organizó su vida entera alrededor del que bebía. La madre que dejó de dormir. El que se perdió tratando de controlar a otro. El adicto y el codependiente son dos caras de la misma forma de mirar.
Por eso la salida también es la misma. Yo quería gobernar lo que sentían los demás, el desenlace de cada noche, el consumo de otra persona — todo lo que nunca estuvo a mi cargo — y mientras tanto soltaba lo único que sí lo estaba: mi siguiente decisión. Me victimizaba por la situación — pobre de mí, mira lo que me tocó — hasta que el asunto se puso simple: hacerme responsable de lo que me toca. Y en mi caso, el vecino no iba a venir a cuidar a mis hijos. Eso me sacó de la conmiseración y me puso en la dirección correcta.
Recuperarse, para el que cuida, empieza ahí: cada cosa en su columna. Lo que no me toca, lo suelto; lo que me toca, lo atiendo. No es abandonar al que amas. Es dejar de enfermarte con él.
Si organizaste tu vida alrededor de alguien que consume, esto también habla de ti. No como culpa: como puerta. Tú no lo empezaste, tú no lo controlas, tú no lo detienes. Lo tuyo es tu lado de la vereda.
Del Libro 2, “Aprendiendo a sumar”, donde el codependiente no es espectador: es uno de los protagonistas.
Lo que había debajo lo vi tarde. Creerme capaz de salvarla era el mismo pensamiento torcido de mi propia adicción — yo puedo con esto, yo la rescato —, solo que apuntado hacia ella. Me creía el salvador; por dentro me victimizaba; y más al fondo esperaba en secreto un premio por aguantar. Toda esa maquinaria, montada para proteger, nos hizo daño a mis hijos, a mí y a ella — en ese orden.
Porque la sintomatología adictiva se somatiza: sin tocar la sustancia, empiezas a pensar y a actuar como el que consume. Los mecanismos inconscientes que el psiquiatra Abraham Twerski describió en el pensamiento adicto — la negación, el autoengaño, la proyección — se mudan a vivir dentro del que no usa. La que nunca bebió pero organizó su vida entera alrededor del que bebía. La madre que dejó de dormir. El que se perdió tratando de controlar a otro. El adicto y el codependiente son dos caras de la misma forma de mirar.
Por eso la salida también es la misma. Yo quería gobernar lo que sentían los demás, el desenlace de cada noche, el consumo de otra persona — todo lo que nunca estuvo a mi cargo — y mientras tanto soltaba lo único que sí lo estaba: mi siguiente decisión. Me victimizaba por la situación — pobre de mí, mira lo que me tocó — hasta que el asunto se puso simple: hacerme responsable de lo que me toca. Y en mi caso, el vecino no iba a venir a cuidar a mis hijos. Eso me sacó de la conmiseración y me puso en la dirección correcta.
Recuperarse, para el que cuida, empieza ahí: cada cosa en su columna. Lo que no me toca, lo suelto; lo que me toca, lo atiendo. No es abandonar al que amas. Es dejar de enfermarte con él.
Si organizaste tu vida alrededor de alguien que consume, esto también habla de ti. No como culpa: como puerta. Tú no lo empezaste, tú no lo controlas, tú no lo detienes. Lo tuyo es tu lado de la vereda.
Del Libro 2, “Aprendiendo a sumar”, donde el codependiente no es espectador: es uno de los protagonistas.