Corría 2012 y Marc Masip ya tenía la mosca detrás de la oreja. Mientras Instagram hacía sus primeros pinitos y el iPhone sacaba su modelo número 5 (ya va por el 17), este psicólogo fue de los primeros en poner el grito en el cielo sobre el uso abusivo del móvil y en alertar de que las pantallas eran carne de cañón para la salud mental de la sociedad. Por aquellas, le miraban con recelo. Decían que era un exagerado, un necio. Como una especie de ente antitecnología en contra de la evolución de las cosas. Una década después, Australia se ha convertido en el primer país del mundo en vetar las redes sociales a los menores de 16 años, abriendo el debate en otros tantos, y el planeta entero está escandalizado por lo que entonces ya preveía Masip.
Visto con perspectiva, menos mal que el ahora psicólogo especializado en adicciones no cesó en su cruzada particular contra las pantallas —y eso que la Organización Mundial de la Salud (OMS) todavía no reconoce la adicción al móvil como una patología—. Ese mismo año fundó Desconecta, un centro especializado que ayuda a adolescentes que presentan un uso problemático de los dispositivos; también han tratado a otros perfiles de más edad, lo que hace visible que la población adulta (y sénior) tampoco escapa de esta tendencia. “El móvil es una droga que afecta a todas las generaciones”, subraya Masip, erigido como un gurú al que muchos recurren para encontrar respuestas.



