Durante años, las políticas de drogas se han contado casi exclusivamente desde la perspectiva del delito, el mercado o el tratamiento (orientado a la abstinencia) de las personas adultas. Mucho menos se ha hablado de cómo estas políticas atraviesan la vida cotidiana de niñas, niños y adolescentes que crecen en familias afectadas por el consumo de sustancias. Sin embargo, cuando miramos con atención, vemos que muchas de las respuestas institucionales chocan con lo que establece la Convención sobre los Derechos de la infancia: el derecho a la salud, a vivir en familia siempre que sea posible, a ser protegidos/as sin ser estigmatizados/as y a que su voz cuente.
En este contexto de incumplimientos y tensiones, han ido surgiendo experiencias valiosas desde la sociedad civil, redes profesionales y organismos internacionales que muestran otra forma de hacer las cosas. No son teorías abstractas: son prácticas concretas, con nombres, personas y aprendizajes acumulados. Son, además, una brújula para repensar las políticas de drogas a nivel local y estatal.
Cuando Europa mira a la infancia: la iniciativa “Niños/as cuyos padres usan drogas” del Consejo de Europa (Pompidou Group)
En Bruselas y Estrasburgo no suele hablarse en términos de historias personales, pero detrás de la iniciativa “Children whose parents use drugs” del Consejo de Europa hay un cambio de mirada profundo. El Grupo Pompidou decidió hace unos años que no bastaba con analizar patrones de consumo o eficacia de tratamientos: había que preguntarse qué estaban viviendo los niños y niñas en medio de estas políticas.
A partir de consultas con profesionales, organizaciones de familias y jóvenes con experiencia vivida, elaboraron informes, de la mano de la experta Corina GIacomello, que mostraban algo incómodo: en muchos países, el miedo de las familias a ser sancionadas impedía que pidieran ayuda; y cuando la pedían, los servicios no estaban preparados para responder de manera integrada. La iniciativa no se quedó en el diagnóstico. Produjo guías y recomendaciones para que los Estados incorporaran la perspectiva de infancia en sus estrategias de drogas: evaluación del impacto en derechos, coordinación entre servicios de adicciones y protección infantil, y participación de niños y niñas en el diseño de programas que les afectan. Esta experiencia es importante porque muestra que no estamos ante un problema local, sino a gran escala, y que ya existen marcos institucionales que podrían —y deberían— guiar cambios en las políticas nacionales.
https://www.coe.int/en/web/pompidou/children
“Tender puentes de apoyo”: cuando los servicios dejan de trabajar en silos
El enfoque Building Bridges of Support (Tender puentes de apoyo) no surge en el vacío, sino como parte de un proceso europeo más amplio de repensar cómo se articula la protección infantil con los servicios de adicciones. Su origen se vincula al proyecto de la UE Make the Difference (2021–2023), que se centró en la protección de la infancia en familias con problemas de adicción y en mejorar la cooperación entre servicios de atención a las adicciones y bienestar infantil en 12 países europeos. Entre sus productos clave estuvieron 12 acuerdos de cooperación entre sectores, la guía Building Bridges of Support (LWL, 2023) y formaciones conjuntas para profesionales.
A partir de ese trabajo, en 2024 se desarrolló el proyecto de pequeña escala Erasmus+ “Qualification makes the difference”, que profundiza en la cualificación de profesionales de distintos sectores que trabajan con familias afectadas por adicciones. Su punto de partida es claro: no basta con buenas intenciones; los equipos necesitan conocimientos, habilidades de comunicación, una actitud no estigmatizante y capacidad real de colaboración intersectorial para apoyar a las familias y detectar riesgos para los niños y niñas sin caer en respuestas punitivas automáticas.
En la práctica, el modelo propone una “puerta común de entrada” y equipos verdaderamente interdisciplinarios. La historia suele empezar con algo cotidiano: una llamada de una escuela preocupada por que se identifica dificultades concretas en una criatura. En lugar de activar de manera automática un expediente sancionador o una investigación de riesgo, se convoca a un equipo mixto —trabajo social, salud mental y servicios de adicciones— formado bajo los principios de Make the Difference y Qualification makes the difference, que se reúne con la familia desde una lógica de apoyo y no de control.
En estas reuniones, la madre o el padre no son tratados como “riesgo a gestionar”, sino como personas que atraviesan una dificultad y necesitan apoyo para cuidar mejor. A partir de ahí, se construye junto con la familia un plan flexible que puede incluir tratamiento voluntario para el progenitor, acompañamiento familiar, apoyo psicológico para el niño o la niña y coordinación con la escuela para ajustar expectativas y apoyos en el entorno educativo.
Los resultados asociados a este enfoque han sido significativos. Las evaluaciones de Make the Difference y de las experiencias basadas en Building Bridges of Support muestran mayor confianza de las familias en los servicios, menos abandonos de tratamiento y, sobre todo, una reducción de separaciones familiares innecesarias. Desde el punto de vista del bienestar infantil, se observan mejoras en estabilidad emocional, asistencia escolar y sensación de seguridad.
Este modelo es innovador por tres razones principales. Primero, porque rompe con la lógica tradicional de “primero evaluar el riesgo y después ayudar”, invirtiendo la secuencia: primero apoyar y construir confianza, y solo después —si es imprescindible— activar medidas formales de protección. Segundo, porque obliga a los sistemas a cooperar realmente, compartiendo información, lenguaje y objetivos centrados en el interés superior del niño o la niña. Y tercero, porque combina intervención práctica con cualificación profesional estructural, algo que el proyecto “Qualification makes the difference” subraya como condición necesaria para que el cambio sea sostenible.
Por todo ello, Building Bridges of Support no debería entenderse como un piloto aislado, sino como un cambio de paradigma que tendría que incorporarse de forma estructural a las políticas públicas de drogas y de protección a la infancia.
https://www.euronetprev.org/projects/erasmus/
Starlings Community (Canadá): “By peers, for peers” — derechos explicados desde la experiencia vivida
Una de las experiencias más potentes y distintas en el panorama internacional es la desarrollada por Starlings Community, una organización canadiense creada y liderada por personas con experiencia vivida de crecer en familias afectadas por problemas de salud mental y consumo de sustancias. Su trabajo parte de una premisa sencilla pero profundamente política: las niñas, niños y jóvenes que han vivido estas situaciones no son solo “beneficiarios” de servicios, sino sujetos de derechos y productores de conocimiento.
Su proyecto más emblemático es el toolkit Our Rights Matter, Too: By Peers, For Peers, un recurso educativo creado por jóvenes con experiencia vivida para otros jóvenes en situaciones similares. No es un manual técnico ni un folleto institucional, sino un material visual, cercano y emocionalmente inteligible que explica, en lenguaje accesible, qué son los derechos de la infancia según la Convención sobre los Derechos del Niño y cómo se traducen en la vida cotidiana.
El equipo de Starlings trabaja a través de su Youth Advocacy Council, un consejo de jóvenes que co-diseña los contenidos, define prioridades y aporta su perspectiva sobre lo que realmente necesitan saber y sentir sus pares. Esto significa que los materiales no parten de lo que los adultos creen que es importante, sino de lo que los propios jóvenes identifican como crucial: sentirse seguros, no ser estigmatizados, saber que tienen derecho a apoyo y comprender que el consumo de un progenitor no los hace “culpables” ni menos merecedores de cuidado.
El toolkit combina varias capas de trabajo:
- Información sobre derechos, explicada con ejemplos claros (derecho a la seguridad, a la salud, a la familia, a la información, a ser escuchados).
- Herramientas emocionales y de empoderamiento, como ejercicios reflexivos, afirmaciones y actividades creativas que ayudan a procesar experiencias difíciles sin vergüenza.
- Orientación práctica, con sugerencias sobre cómo pedir ayuda, a quién acudir y cómo identificar cuándo sus derechos no están siendo respetados.
Lo que hace que Starlings Community sea especialmente innovadora es su enfoque radicalmente participativo y no paternalista. Mientras muchas políticas y programas hablan “sobre” los niños y niñas afectados por el consumo de sus padres, Starlings coloca sus voces en el centro. No los presenta como víctimas pasivas, sino como agentes con capacidad de comprensión, resiliencia y participación.
Además, su trabajo rompe con el enfoque tradicional que separa “protección infantil” de “derechos”. En lugar de centrarse solo en riesgos o carencias, Starlings construye un marco positivo de derechos: los jóvenes no solo deben ser protegidos del daño, sino apoyados para conocer, ejercer y reivindicar sus derechos.
Desde el punto de vista de las políticas de drogas, esta experiencia es clave por varias razones. Primero, porque muestra que informar y empoderar a niños y niñas no es un añadido opcional, sino una condición para políticas más justas. Segundo, porque evidencia que la participación infantil puede mejorar la calidad y pertinencia de los servicios. Y tercero, porque desafía el estigma: al visibilizar sus historias, los jóvenes desmontan narrativas culpabilizadoras y abren espacio a respuestas más compasivas y basadas en derechos.
Por todo ello, el trabajo de Starlings Community debería incorporarse como referencia en estrategias de drogas y de protección infantil: tanto en la creación de materiales educativos para niños y niñas como en la formación de profesionales y en el diseño de políticas que reconozcan la voz y agencia de la experiencia vivida.
De buenas prácticas a políticas públicas
Todas estas experiencias tienen algo en común: no solo son coherentes con la Convención sobre los Derechos del Niño, sino que funcionan mejor que los enfoques punitivos tradicionales. Demuestran que es posible proteger a la infancia sin castigar a las familias, reducir el daño sin aumentar el miedo y construir confianza en lugar de profundizar la desconfianza hacia los servicios públicos. Sin embargo, hoy por hoy, muchas de estas prácticas siguen dependiendo de proyectos piloto, financiación temporal o del impulso de organizaciones de la sociedad civil.
Si de verdad queremos que las políticas de drogas respeten los derechos de la infancia, estas experiencias deberían dejar de ser excepciones inspiradoras para convertirse en el modo habitual de trabajar. Traducirlas en políticas públicas implicaría cambios muy concretos y medibles, por ejemplo:
- Evaluar sistemáticamente el impacto en derechos de la infancia de cualquier ley, programa o reforma en materia de drogas, igual que se evalúan los efectos económicos o de seguridad.
- Garantizar servicios de apoyo familiar accesibles y no estigmatizantes en todo el territorio, para que pedir ayuda no sea un riesgo, sino una puerta de entrada al acompañamiento.
- Formar de manera obligatoria a profesionales de adicciones, protección infantil, salud, educación y justicia desde una perspectiva de derechos, interseccional y no punitiva.
- Crear espacios de participación real y sostenida para niños, niñas y jóvenes con experiencia vivida, no como gesto simbólico, sino como parte del diseño, implementación y evaluación de políticas y servicios.
- Priorizar el apoyo y la reunificación familiar siempre que sea seguro hacerlo, evitando separaciones automáticas y apostando por intervenciones tempranas, integrales y coordinadas.
Las convenciones internacionales no son simples documentos jurídicos que reposan en estanterías: son compromisos con la vida cotidiana de millones de niños y niñas. Las buenas prácticas ya existen, están probadas y tienen rostro, nombre y resultados. El verdadero desafío no es inventar nuevas soluciones, sino tener la voluntad política de convertirlas en norma y no en excepción.



