Las autoridades sanitarias han emitido recientemente una alerta por el incremento de intoxicaciones relacionadas con el consumo recreativo de óxido nitroso, conocido comúnmente como gas de la risa. Este incremento de casos registrados en servicios de urgencias refleja una tendencia creciente que obliga a considerar no solo los riesgos clínicos, sino también los factores sociales que acompañan su uso en contextos de ocio entre jóvenes.
El óxido nitroso es un gas incoloro con propiedades anestésicas y disociativas que tiene aplicaciones médicas legítimas, por ejemplo como analgésico y sedante en entornos clínicos, y usos industriales y alimentarios, como la elaboración de nata montada. Su accesibilidad, bajo precio y percepción de “baja peligrosidad” han favorecido su difusión como sustancia inhalada en fiestas, espacios públicos y reuniones sociales.
Desde una perspectiva clínica, la inhalación de óxido nitroso puede producir efectos inmediatos como euforia, sensación de bienestar y alteraciones sensoriales. Sin embargo, también conlleva riesgos reales de daño neurológico, hipoxia, mareo y desorientación, así como consecuencias graves si se combina con otros consumos o se realiza de forma repetida y prolongada. La alerta sanitaria insta a mejorar la percepción de riesgo entre la población para evitar casos severos atendidos en urgencias.
Más allá del impacto en la salud, varios estudios cualitativos muestran que el uso de óxido nitroso entre jóvenes no se reduce a la búsqueda de efectos farmacológicos. La investigación sobre normas sociales en el uso recreativo de N₂O entre jóvenes daneses revela que su consumo se relaciona estrechamente con dinámicas de grupo, sociabilidad y expectativas de diversión compartida. En estos entornos, existe cierta presión social para participar y una normalización de su uso que minimiza los riesgos percibidos, aunque algunos jóvenes sí reportan estrategias personales para mitigar daños.
Este componente social es clave para entender por qué medidas estrictas de restricción o criminalización no siempre producen los efectos deseados. Organizaciones como Transform Drug Policy Foundation han argumentado que penalizar la posesión de óxido nitroso puede ser contraproductivo, desviando la atención de políticas de salud pública y reduciendo la posibilidad de intervenciones de reducción de daños y educación efectiva. Este enfoque crítico señala que las respuestas punitivas pueden exacerbar problemas sociales sin abordar las causas subyacentes del consumo recreativo.
En suma, la alerta sobre intoxicaciones por óxido nitroso debe situarse en un marco más amplio de análisis social y de políticas públicas. La combinación de accesibilidad, normalización social y falta de percepción de riesgo exige una respuesta que vaya más allá de advertencias médicas, incorporando estrategias de prevención informadas por evidencia, educación en entornos de ocio y enfoques de reducción de daños.



