Hay un eterno dilema científico que empapa todo lo que tiene que ver con el potencial terapéutico del cannabis, la droga ilegal más consumida. Aunque se toma desde hace miles de años con fines curativos y se le presumen decenas de efectos positivos, los problemas asociados a su consumo también están bien descritos, sobre todo, en el campo de la salud mental. En busca de ese equilibrio entre beneficios y riesgos, la comunidad científica trata de identificar la evidencia más robusta para alumbrar las fronteras reales de su potencial medicinal, cuándo, cómo y para quién puede servir; pero el puzle está siendo difícil de armar.
El poder terapéutico está ahí, nadie lo duda. Pero sus márgenes todavía son, a ojos de la ciencia, confusos: una revisión publicada recientemente en la revista Jama concluyó que la evidencia sobre el uso del cannabis y sus derivados con fines terapéuticos es “insuficiente” para la mayoría de indicaciones médicas que se proponen. Se ven beneficios en epilepsia, esclerosis múltiple o dolor, pero los expertos advierten también de riesgos asociados al uso medicinal, como el peligro de desarrollar dependencia. O que se banalice el consumo recreativo de esta droga en la calle.



