Tabaco. Fuego, humo y ceniza de una revolución

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En el verano de 1940, Bronislaw Manilowski escribía desde Yale University la introducción de Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, el tratado de Fernando Ortiz. Ahí decía el antropólogo polaco: «Todos sabemos que el lujo, la golosina, la estética y el snobismo de fumar tabaco, están ciertamente asociados con estas tres sílabas: Habana». Ortiz recorre los cuatro elementos principales en la conformación de ambos productos, la tierra, la máquina, el trabajo y el dinero, pero apunta también a las narrativas que permiten un comercio próspero, al rito del consumo y los estatus adquiridos. Aquello que, especialmente al tabaco, deleite individual, lo fetichiza.

El primer contrapunteo del libro se establece mediante una referencia literaria: los personajes alegóricos Don Carnal y Doña Cuaresma, del Libro de buen amor. «El tabaco busca el arte; el azúcar lo evita», dice más adelante Ortiz, quien cree que el sujeto entregado a los excesos, Don Carnal (Carnaval), representa más fielmente al tabaco, y Doña Cuaresma, escolástica y severa, al azúcar.

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